REDES SOCIALES: ¨Ya no me gusta¨

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Frente a lo meramente atractivo y poco sustancioso que resulta categorizar actos de otros en ¨Me gusta¨ o ¨Ya no me gusta, se vuelve este último el único juicio de valor posible aplicable a las publicaciones que actualmente atestan el Facebook, Twitter, Instagram, y demás redes sociales. A esta altura, los administradores de las redes deberían crear el Botón ¨De no creer¨.
Desde siempre los espacios comunes han servido como disparadores, y contenedores, de las más intrincadas, pero no por eso desconocidas, emociones humanas. Las redes sociales aparecen entonces como uno más de estos espacios que las personas frecuentan para presentarse, compartir, conversar… en fin, actuar roles sociales inherentes a nuestra condición de seres humanos, partícipes constructores del colectivo social. Solo que esta vez, el espacio de interacción se ve viciado.
Es amplia la gama de equipos de avanzada que nos facilitan hoy la comunicación inmediata, instantánea y permanente con los nuestros. Resulta tentador poner a nuestros amigos y familiares al tanto de todo lo acontecido casi en el mismo momento en que está sucediendo. Las redes sociales propician este tipo de comunicación vertiginosa que ha superado por mucho incluso a los mismos informativos, solo que se trata de comunicados `caseros`.
Ahora bien, considero que la frecuencia de estas comunicaciones significa un exceso, y que, como todo lo que se produce en exceso, terminará agotando un recurso: el de la comunicación. La cantidad de información compartida ha soslayado la calidad de lo que solía ser un discurso, afectando enteramente la esencia de una comunicación eficaz, de un dialogo productivo.

REDES SOCIALES Ya no me gusta
No se puede construir sobre la base de mensajes subliminales del tipo ¨estoy cansado de la gente que no te saluda por la calle y después te manda una solicitud de amistad¨… O sea que alguien se topó con un ser poco amable y totalmente desprovisto de buenos modales, que faltó al saludo cordial de una mañana, y eso generó tal malestar en el creador de la frase citada, como para enviarle un mensaje carente de cortesía, que el primero recibirá en cuanto compruebe que su solicitud de amistad enviada más recientemente fue rechazada o, lo que es peor, postergada para otro momento… Apelando a la ironía, pero con la certeza de haber leído ciento de publicaciones de similares características en Facebook, propongo tomar nota de lo corriente que se ha vuelto la difusión de mensajes y declaraciones tan insignificantes, tan irrelevantes. No recaeré en un análisis profundo del ejemplo citado, mas solo me limitaré a decir que probablemente el acusado descortés en realidad pudo no haberse percatado de la presencia de ese conocido, a quien hubiera sido oportuno saludar. Me refiero a que surgen incontables interpretaciones sobre una misma situación, y que todas son válidas. Si se pasa por alto el ejercicio consciente de la interpretación y el entendimiento, y se deja fluir la primera impresión, resultará lógico plagar la red de comentarios intempestivos y no adecuados.
Justamente esa es la oferta de las redes sociales, un escenario perfecto e inmediato donde exponer las emociones primeras y primarias, burdas y míseras, suscitadas por cualquier circunstancia y que despiertan en los actores la urgente necesidad de manifestarlas al mundo… Y es que es tan fácil hacerlo! Todos disponemos de un Iphone, Smartphone, tablet, notebook, o del celular y de la computadora que, considerados ya una antigüedad, aun así facilitan a múltiples usuarios estar al orden del día.
Esta idiosincrasia opera del mismo modo sobre las fotos que las personas divulgan. La mayoría de ellas versan sobre momentos felices como cumpleaños, viajes, casamientos, nacimientos, egresos… sobre todo lo que podríamos considerar que hace al éxito y a la felicidad de las personas. Dos objeciones: en primer lugar, considero que se desvanece la emoción intrínseca de esos momentos, pues ya no existe una brecha entre lo vivido a priori, y lo compartido a posteriori. Cuando nace un bebe por ejemplo, pasados pocos minutos sus padres suben una foto, y así de sencillo presentan al recién nacido, ese que esperamos nueve meses por conocer… se pierde la gracia de lo que supone un gran acontecimiento. Cuando alguien emprende un ansiado viaje, avisa con un breve mensaje que llegó a destino, y veinte minutos después lo vemos posando delante de la Torre Eiffel. Si todo lo vemos, no existe nada que nos genere ansiedad o expectativa sobre la vida del otro. Lo romántico de la espera, lo especial de ser participado personalmente… se diluyen en ese instante. Y créanme, esas si que eran emociones sanas. En segundo lugar, una vez publicadas las fotos se vuelven objeto de críticas, de envidias, incluso de indiferencia.
Los conflictos no resueltos de ciertas personas, en contraste con la situación feliz de otros, operan como disparadores de emociones como la frustración o la angustia.
El egocentrismo se anuncia máxime, ya que el fácil acceso a la publicación en red alimenta una suerte de falsa fama, cada vez que los usuarios, al igual que los famosos, hacen pública su vida privada. No es casualidad que estemos en la era de la psicoterapia, el auge de las relaciones sociales virtuales trajo consigo innumerables motivos para acudir al diván.
Lo peculiar del asunto radica en que las redes sociales también obedecen a la dualidad presente en todas las cosas: en el afán de mantenernos cerca, terminan por alejarnos cada vez más.
No estamos preparados para este tipo de comunicación, no es sano vivir una vida para que la miren otros, ni vivir mirando la vida de otros. Solo es importante la mirada del otro cuando en la simpleza de lo cotidiano o en lo aleatorio de lo extraordinario, nos aporta una opinión crítica para crecer. Solo así se puede construir.
Deseo que podamos regresar a lo esencial, a lo sensato de nuestros vínculos. Un llamado telefónico, un encuentro personal o una carta donde el diálogo, los sentimientos y los recuerdos vívidos de una experiencia aparezcan respectivamente en su máxima expresión. Una comunicación real, haciendo a un lado lo banal y mundano de la comunicación virtual.

Autora: Fide.


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